¿Por qué se da la infidelidad matrimonial y qué hacer?

En este fenómeno de la infidelidad matrimonial entran muchos factores y en casi todos los casos hay culpa en los dos cónyuges. Tal situación ahora es tanto del lado masculino como femenino.  Es raro el caso donde no haya culpa de los dos lados.   La pareja tiene descuidos de muchas clases.  Se pierden la atención, le dan importancia más a lo material que al amor al cónyuge, no le dan prioridad a la pareja.  Se podrían mencionar cantidades de descuidos.  Por tanto hay que ser vigilante.  Sin embargo, lo espiritual podría ser un baluarte para salir victorioso en este punto.  En realidad, Dios es el que cuida nuestro hogar.  Pero Él nos ha dado principios en su Palabra. Por eso, como respuesta a la pregunta sugiero lo siguiente:

  1. El cónyuge infiel está fallando en la práctica de la verdadera religión. El resumen de la verdadera religión está en los dos mandamientos más grandes:  Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con todas tus fuerzas, y con toda tu mente; y a tu prójimo como a ti mismo.  Todos los pecados son un reflejo del egoísmo del ser humano.  Uno de los errores en el matrimonio es casarse para ser feliz.  En lugar de eso deberíamos haber pensado que nos casamos para hacer feliz a nuestro cónyuge y a los hijos que Dios nos habría de dar.  En otras palabras, tener el Espíritu de Cristo.  “El Hijo del Hombre no vino para ser servido sino para servir, “Es mejor cosa dar que recibir”.  Si todos en el hogar tuviéramos una actitud de abnegación y no tanto de estar exigiendo cosas sino dar, compartir, amar; las cosas marcharían bien.

Al examinar los términos hebreos del A. T. para referirse al amor podemos hacer una síntesis diciendo que amor es el móvil para la acción, es tener afecto, deleitarse en algo, estremecerse por alguien o por algo, bondad, piedad, benevolencia, estimar, agradar a otro.  Los términos griegos dan a entender en el N.T. que amor es afecto, compasión, lástima, cariño, corazón, entraña, amor entrañable.  ¡Que bendición sería para todos que pudiéramos poner en práctica la verdadera religión amando y respetando en primerísimo lugar a nuestro Dios y luego teniendo sólo expresiones de amor a nuestro cónyuge, a nuestros hijos, al prójimo y a nosotros mismos!  Si así fuera, la infidelidad estaría ausente de nuestras vidas.

  1. No se ha puesto en práctica la verdadera piedad resumida en el lema de José (el hijo de Jacob): “¿Cómo, pues, haría yo este grande mal, y pecaría contra Dios?” (Gén. 39:9). Este concepto lo da José exactamente en el contexto de una tentación sexual.  La mujer de Potifar estaba insinuándose y exigiendo a José esta deslealtad contra su patrón y ella movida por la codicia y la lujuria quería involucrarlo en el pecado.  Sin embargo José era un verdadero piadoso y no cedió.  Lo que hizo fue huir antes de pecar.  Pero lo que subrayamos es el principio, la idea que estaba en la mente de José.  El sabía que si cometía este grande mal pecaría contra Dios.  Es cierto que pecaría contra Potifar,  pero el pecado en primer lugar sería una ofensa contra Dios.  Eso reconoció David cuando pecó con la mujer de Urías (Salmo 51: 4).  La verdadera piedad consiste en reconocer la majestad de Dios en nuestra vida, amar a Él y sus cosas y tener tal respeto al Señor que uno tema ofenderlo con su pecado.    Esto sí libra de la infidelidad y de cualquier pecado.  Por eso Pablo dijo a Timoteo:  “Ejercítate para la piedad”  La piedad es un ejercicio.  Cuanto más lo hagamos y practiquemos más fuertes  nos hará el Espíritu Santo.

3. Quizás muchos de los creyentes que fallan en este sentido no se han dado cuenta que cuando uno tiene una debilidad, sea la que fuere, el Señor no nos manda a hacer frente a la situación sino el imperativo es huir. Pablo le escribe a Timoteo  diciendo que tenga cuidado con el amor al dinero y diciéndole que hay codicias necias y dañosas.  La recomendación es “Pero tú, oh hombre de Dios, huye de todas estas cosas” (I Ti. 6:11).  Notemos que le dice “hombre de Dios”.   Timoteo era un gran hombre de Dios y sin embargo  es aconsejado a huir, no a demostrar que es fuerte ante la tentación.  El otro pasaje a Timoteo está en la segunda carta donde el imperativo es a huir de las pasiones juveniles (2:22).

  1. Debemos reconocer que tenemos una naturaleza pecaminosa con instintos y    Tendencias.  Aun siendo cristianos auténticos todavía tenemos la naturaleza de Adán la cual debemos mortificar.  “Si habéis resucitado con Cristo buscad las cosas de arriba … Haced morir lo terrenal en vosotros:  fornicación, impureza,  pasiones desordenadas, malos deseos y avaricia, que es idolatría (Col 3: 1, 5).

 

  1. Debemos poner en acción la santificación en los pasos que nos da la carta a los Romanos 6: 6-13. Allí se nos dan tres verbos que describen el proceso de santificación:  sabiendo, consideraos y presentaos.  Debemos estar conscientes de que nuestro viejo hombre fue crucificado.  Esto hay que saberlo.  Con ese conocimiento debemos considerarnos muertos al pecado.  Esto significa que para pecar yo estoy muerto.  Para la justicia estoy vivo, pero para el pecado me debe considerar muerto.  En otras palabras debo decirle un rotundo ¡NO! a la maldad y a mis inclinaciones adámicas cuando se presente la tentación.  Y finalmente presentarme a Dios como vivo de entre los muertos y mis miembros como instrumentos de justicia.  Estoy aquí para hacer el bien no el mal.

 

  1. Debemos ser vigilantes ante el pecado. No sabemos en que momento el diablo está atacando. Muchos siervos de Dios cayeron en la infidelidad aun por estar     haciendo un favor.  Los buscaron para una sesión de consejería donde una mujer     abandonada por su cónyuge buscó ayuda y se enredaron en el pecado sexual..

 

  1. Pablo le dice a Timoteo:  “Ten cuidado de ti mismo”.  A veces estamos cuidando    de otros y descuidamos nuestra propia vida espiritual.  Velemos por nuestra responsabilidad personal porque eso será también cuidar nuestro matrimonio, nuestro hogar y nuestra iglesia local.

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